como si bordar
fuera una forma de volver.
Cada una llega
con su ovillo de días,
con alguna herida silenciosa,
con una alegría pequeña
que todavía resiste.
Después ocurre el milagro sencillo.
Las agujas empiezan a conversar
en un idioma
que no necesita palabras.
Una puntada
llama a otra.
Una historia
encuentra otra historia.
Y sin darnos cuenta,
mientras el hilo atraviesa la tela,
también va remendando
algo de nosotras.
Bordar nunca fue solamente bordar.
Es detener el tiempo
para escuchar.
Es confiar
en que la belleza
todavía puede abrirse paso
entre tanto ruido.
Es hacer de las manos
un lugar donde la ternura
tenga oficio.
Por eso,
cuando bordamos por la paz,
no estamos decorando un pañuelo.
Estamos insistiendo.
Puntada tras puntada,
en que otro mundo
todavía puede imaginarse.
Y quizás la paz
empiece así:
alrededor de una mesa,
entre hilos de colores,
mate compartido,
risas que alivian,
silencios que abrazan,
y un grupo de mujeres
que, mientras borda una tela,
van tejiendo,
con infinita paciencia,
la trama invisible
que también las sostiene.
