Habitas mi pecho
como el primer latido,
como esa luz pequeña
que nunca aprendió a apagarse.
Cuando ríes,
el mundo recuerda
que la alegría
también tiene raíces.
Te miro
y descubro
que aún existe
un lugar donde el miedo
no sabe pronunciar mi nombre.
Eres la lluvia
que limpia mis inviernos,
la semilla
que insiste en florecer
entre las piedras.
No necesito buscarte:
vives en cada abrazo,
en cada sueño,
en cada esperanza
que se niega a morir.
Y cuando la vida
me vuelve adulta,
eres tú quien me toma de la mano
para enseñarme,
una vez más,
el milagro de mirar
como si todo
acabara de nacer.

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