Tarde soleada y fresca, cielo al desnudo serena belleza por doquier. Todo el vecindario está en total silencio salvo los animales y el viento. Observo este escenario con gran emoción y sin ninguna palabra.
Gracias a este océano de goce que, con renovada energía, no deja de emanar frescura. Gracias al sonido armonioso de palabras con sabor a miel que invitan al silencio. Gracias a este baile indeleble
que es celebración pura.
Gracias al néctar que fertiliza el desierto de lo pensado. Gracias al eterno presente que respira.
Amanece y el sol resplandece. La mirada que está detrás de la mirada ve como lo tatuado del paisaje es llevado por la brisa. El canto de una madre cariñosa llena de ternura el cielo, las piedras ronronean como gatos y la luz abre la puerta a este poema cuyo aroma es el amor.
En las manos la vida. En las manos el amor. En la manos el sueño sin soñador. En la manos la ausencia. En las manos la presencia. Son estas manos las manos de Dios.